Según Georges Duby, el juego del amor cortés era parecido al ajedrez. La pieza central era la dama, pero estaba siempre atada. ¿Por qué? Ella era la depositaria del honor de su esposo y de la familia, así que no era libre de utilizar su cuerpo como le viniera en gana, siempre había de hacerlo en ben eficio de su marido. Imaginemonos a una de estas damas en su castillo, como dueña y señora de un hogar que no tenía espacio para esconderse de miradas ajenas, que simulaban -perdón por la osadía- las cámaras de Gran Hermano. Un hogar, en el que sus pasos eran seguidos día y noche, como el que no quiere la cosa, como si la persona que vigilaba pasara por allí. La dama, además, cargaba con la lacra que se les suponía a todas y cada una de las mujeres de la época: eran mentirosas y débiles por naturaleza. Un pequeño desliz, un paso en falso, la más ínfima equivocación, las convertía en culpables del peor de los pecados imaginados, automáticamente. El juego había de ser jugado con prudencia y d...